Lanterna Photography

Doña Ester

Posted in Uncategorized by Dan Macías on julio 6, 2009

Les comparto un texto y unas fotos que nos envió Miguel Velez desde Colombia.

Santiago Ramírez

RP de Lanterna Pictures

Son las 3 de la tarde. Medellín ofrece su acostumbrado clima primaveral. A pesar de la baja temperatura, la húmedad es pegajosa. Tal vez sea yo que tanto tiempo he estado ausente. Sin embargo, no se compara con el calor infernal de Monterrey. Llego al “Refugio” por segunda vez en el día, la primera no me dejaron entrar, era la hora de almuerzo. Yo almorcé en casa de Natalia un delicioso pollo cocinado por “Leti”, la Señora del Servicio en casa de los Builes. Arroz, ensalada y jugo de Lulo… (hace rato no tomaba Lulo. Amargo pero refrescante). De postre me comí un arequipe con crema de lecha, honrando la tradición de Nena y sorprendiendo a Natalia, quien no podía creer la combinación…

Me bajé del carro y agarré mi cámara (¿qué soy yo sin esta cámara?, sin ella no puedo compartir lo que vivo). Algunas obras de remodelación impedían el paso por el habitual corredor, así que improvisé un nuevo camino y llegué con éxito a la habitación de la abuela… Por un momento sentí una profunda tristeza de no verla en el corredor, antes a esa hora, ella estaba afuera tomando el sol y peleando con sus vecinas. Hoy no. Por mi cabeza atraviesa la inevitable idea de que algún día su espacio dejará de ser, y ya ni adentro ni afuera la podremos encontrar. ¡Que escondidita está!

Atravieso la entrada y la veo al fondo de su cuarto, sentada en la silla de ruedas frente al televisor. Silenciosa, tranquila. Temo asustarla, así que me acerco con prudencia y pronuncio su nombre: “Doña Ester, vengo a visitarla”. Ella levanta la cabeza y no dice nada. “Ya no dice nada…” pienso en el instante. Me acerco más y me acunclillo frente a ella, Natalia se queda afuera esperando a que yo me reencuentre, cediendo espacio, o temiendo entrometerse… yo agradezco el gesto. La abuela me mira y no reconoce a nadie, sin embargo, intuye que soy conocido y sus ojos se cristalizan como cuando cae la lluvia sobre las ventanas. No llora pero sufre. Yo no sé qué decir, no sé qué hacer, así que me aventuro a coger su mano y la acaricio. La Abuela se deja y se tranquiliza. “Abuela, soy Miguel, el hijo de Juansito”… ¡Nada! Ya no suenan aquellos gritos alegres cuando escuchaba aquél
nombre.

Por detrás de su espalda vi escondido el portaretratos que enmarca la foto de la primera comunión de Sofía, me pongo de pie y lo agarro mientras le hago señas a Natalia para que entre. Le enseño la foto a la Abuela y le señalo a Juan: ¡Sus ojos brillan! El silencio continúa. Siento muchas ganas de llorar, una extraña culpa me arrebata la tranquilidad: “tanto tiempo lejos”. Un año y medio ha pasado desde que la vi por última vez, ahora la encuentro más apagada, más enferma. Aunque quisiera, ya su mandíbula no responde y las palabras se disuelven antes de salir.

Sus ojos siguen húmedos y una que otra lágrima escapa la esclerótica y se derrama por su mejilla. “Ella sabe que estoy aquí”, tal vez no reconoce mi nombre, pero soy el embajador Velez Estrada, todos “estamos” presentes…

Busco a la enfermera, una encantadora mujer que quiere mucho a doña Ester. Se llama Dora, 55, muy entregada a su profesión y desborda su existencia en cariño para las ancianas a quienes cuida. Yo soy testigo de la gratitud de la Abuela y como goza con ella. Es relativamente nueva, lleva seis meses y entre diálogo y diálogo dice: “… cierto doña Ester, que nostras le pedimos que no nos deje pronto, a nostras nos gusta tenerla aquí”. La Abuela dice “si”, es un grito ahogado en una boca que apenas abre unos milímetros.

Dora observa a Natalia y le pregunta: “¿Usted fue la que se acostó la semana pasada en la cama?”. “La ha confundido con una hermana, ella es
amiga mía, no nieta” le respondí. Dora agrega: “Que linda su hermana,una niña muy especial, acostarse con ella… nadie nunca había hecho algo así. Doña Ester lo agradece mucho… yo les puse una sábana para que se calentara”.

Un momento cinematográfico, cuando dos escenas se juntan, el pasado y el presente. El eco de las acciones humanas. Sofía se acostó en aquella cama la semana pasada… hoy es anécdota local del “Refugio”. Le pido a Dora que saque a la Abuela para tomarle unas fotos, ella se conmueve y me dice que porqué no fui antes, que en la mañana la tenía muy bonita. Mientras habla, agarra un peine, unos aretes y la pone guapa. ¡Wow, que Abuela!

En el corredor le tomo varias fotos tratando de no alterarla, de que ni note mi presencia… “A papá le va a gustar verla, y a todos…” Busco los mejores ángulos, fotos que retraten quién es la Abuela… quién fue… Ella es un libro de historia, un libro que ya hoy se ha cerrado con candado y no se puede leer. Sus hojas están lejanas a nuestros ojos. Sus historias se silenciaron. Pero está la carátula, la portentosa presencia de doña Ester, que sigue haciendo historia, pero esta vez, la contamos nosotros. Dios la retiene en la tierra para que aprendamos de ella, de su paciencia, de su serenidad. Tantos años de lucha merecen la paz que conserva. ¡Sigue viva! Cada minuto junto a ella es un regalo, un tesoro. Algún día no estará, pero si, la puedo
ver, la puedo tocar. Le tomo fotos y le robo al tiempo. Ya quedó “guardada” en mi cámara.

Finalmente le dan de comer, yo le tomo otro par de fotos y la miro con cariño, con culpa. Verla tan sola me entristece… ¡y tantos hijos, y tantos nietos!

La acostamos en su cama… sus piernas forman un triángulo ineludible, ya doña Ester no estira sus piernas. Está rígida. La cargamos como un Bebé. A su lado le ponemos almohadas, según Dora para evitar que sienta que se cae. Así que queda como prisionera… Cierra los ojos y se relaja. Yo le busco un poco de Julio Jaramillo en el radio, no lo encuentro pero dejo la Guasca.

Me acerco a ella, le agarro la mano y le acaricio la cabeza. Ella duerme serena. Es inevitable pensar en el tiempo… la mujer que hoy acaricio fue la “piedra” de la familia Vélez, sin ella, nada. Hoy, ella, espera… espera. Mientras nosotros la llevamos en el corazón agradecido. Sabemos que empezó todo, lo dio todo hasta su última gota de sangre.

“Abuela, estoy muy contento de verla”… Ella abre sus ojos y grita con emoción, “¡Gracias!”. Que momento tan grato, tan pleno. Mi visita valió la pena cada segundo por ese gracias, por ese grito de amor. ¡Ella sigue viva! Sigue entre nosotros, nos toca a nosotros seguir con ella hasta su último respiro, afortunado será quien presencie el adiós de la existencia de doña Ester Sierra, alias “La Abuela”.

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